El dolor de cuello es uno de los motivos de consulta más frecuentes en la práctica clínica. Afecta a personas de todas las edades y, sin embargo, sigue siendo uno de los dolores peor interpretados. Muchas personas conviven con dolor cervical durante meses —o incluso años— pensando que tienen “algo mal en el cuello”, cuando en realidad el problema no siempre es una lesión estructural, sino cómo responde el cuerpo al ritmo de vida actual.

Hablar de cervicalgia es relativamente sencillo si dura menos de una semana, pero si el dolor permanece durante meses, habría que empezar a preguntarse su origen. Desde el punto de vista médico, suele ser una combinación de una sobrecarga muscular con alguna alteración cervical propia de la edad, pero puede que haya alguna irritación nerviosa y, con frecuencia, otros mecanismos de sensibilización central.
Muchos pacientes acuden a mi consulta con los resultados de una prueba de imagen en un papel, y yo insisto en que me cuenten cómo, cuándo y dónde les duele.
¿Por qué confiamos tanto en las pruebas de imagen y nos aferramos a ellas como única causa de nuestros síntomas?
Mi respuesta ante esta pregunta es sencilla: ante un estado de malestar, buscamos explicaciones lo más objetivas posibles para calmarnos emocionalmente y parece que una resonancia nos da esa seguridad. Sin embargo, yo diré que una prueba de imagen me dá la seguridad de lo que no tienes. Por este motivo, dos personas con pruebas de imagen similares pueden tener síntomas completamente distintos o incluso ninguna molestia.
Las pruebas de imagen son útiles cuando existen signos de alarma o sospecha clínica concreta, pero no sustituyen una valoración clínica.
La evidencia actual sugiere que hallazgos como artrosis, protrusiones o “desgaste” son muy frecuentes en personas sin dolor; que existe poca correlación entre lo que se ve en la imagen y la intensidad del dolor (recuerda que el dolor es muy personal) y que, en la mayoría de los casos, el dolor cervical no se explica por una única lesión visible. Difícil, ¿no?
Te podrás preguntar… y si no tengo nada en las imágenes, ¿por qué tengo dolor?
La respuesta sería larga y engorrosa, pero si me hicieras esta pregunta, yo te haría otras más personales que puede que te sorprendan –¿qué tipo de vida llevas?, ¿a qué te dedicas?, ¿cómo descansas por la noche?–
El estrés crónico tiene unas consecuencias físicas que pasamos por alto muchas veces: activa el sistema nervioso de forma continua, aumenta la tensión muscular en cuello y hombros, dificulta la relajación y el descanso muscular y reduce la capacidad del cuerpo para modular el dolor…
Con el estrés, el cuello no se lesiona; se contrae para defenderse de un sistema nervioso que está en alerta hasta que aparece el dolor, que puede cronificarse.
¿Es el dolor cervical crónico una clínica de la vida moderna?
Si al estrés le sumamos el uso continuado de pantallas, el sedentarismo, la hiperconectividad y la falta de descanso real, son los ingredientes perfectos para mantener el dolor (y tendrás suerte si solo es dolor cervical, porque habitualmente suele acompañarse de mareos, dolor de cabeza e insomnio).
¿Qué puedes hacer si has llegado a este punto de dolor que altera tu calidad de vida?
¡Pide ayuda! Porque probablemente no se va a resolver sólo…


